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03 febrero 2008

5 cuentos celestiales


Las lágrimas cristalizan. Con el tiempo. Y la luz. El amarillo ayuda. Y el azul. Y con ellas se pinta el cielo.


Cielo está ahí. Fuera. Mételo contigo. Y verás. Verás cielo. Cielo.


Hay nubes que se resisten y pasan desapercibidas. Con mucho esfuerzo. Pero siempre hay alguien que las descubre y se alimenta de ellas con los ojos. Se tornan grises entonces, y a veces se derraman. Es solo de rabia, por haber sido encontradas.

Al final, las nubes, siempre llaman la atención.


Los pájaros no siempre vuelan con el viento. A veces ajetrean el cielo y le dan una excusa al terremoto dichoso de la mariposa mientras se dejan flotar, mímicos, en el mismo punto. Nadie más lo sabe, pero están bailando con el aire.


Un angelote, cansado, se ha sentado en la luna. “¡Luna, ¿dónde estás?!”, “¿dónde te metes, luna?”. La luna sigue igual, ni mengua, ni crece, ni na, es solo que un angelote cansado se le ha sentado encima.




23 diciembre 2007

La Princesa de la Basura

Hoy he conocido a Clarise.

Es una chica de provincias. Cuando le preguntas por su acento, eleva la voz, orgullosa, para reconocer que es de la ciudad, aunque apenas recuerda ya nada de ella.

Clarise viste como una muchacha francesita, y diría que pasa frío bajo su vestido danzarín, de no ser por la cantidad ingente de alcohol que introduce en su cuerpo; eso no quita el frío, pero engaña que da gusto.

Dice que parece más joven. Y no se quita años. Pero cuando sonríe, las arrugas recorren sus ojos rajando su cara. Mientras habla, sujeta con una mano el chal blanco, a juego con sus zapatos. Lo mueve de un lado a otro. Yo me desconcentro.

Clarise se ha dejado caer, casi por casualidad, en una fiesta de internautas. Casi todos se conocían de otras quedadas. Ella era nueva. La nueva pasea su cuerpo por los rincones del bar mientras los demás cuchichean a sus espaldas. Cuando saluda a alguien, entrega dos besos rozando las comisuras de los labios, que recogen el sabor de su crema de fresa.

Sonríe.

Y bebe.

Bebe tanto, que parece que no se tendrá en pie más de una hora.

Mentira. Aguanta. Aunque en su cuerpo casi no quepa la comida.

Clarise es menuda, un poco maleducada y caprichosa. Un desastre, que diría Carlos. Y Carlos también mentiría.

A Clarise no la quieren en su casa y cuando vuelve por Navidad, siempre se inventan alguna excusa para mantenerla lejos de su cama, donde duerme la naftalina.

Clarise sospecha, pero se guarda de las lágrimas y se autoengaña pensando que su casa es un hervidero de visitas.

Cuando habla contigo, su aliento a ron, casi emborracha. No deja que te marches hasta que no se le termina la conversación o se le olvida lo que quería contar, y te sujeta por la cintura, o por el pico de la camisa, o por los dedos, mientras te grita al oído que no la dejes en manos de los otros tipos, que la lleves a su hotel, que te ocupes de ella. Que te preocupes. Ella piensa que susurra.

A Clarise, una mano tontorrona le acaricia la espalda y su piel se eriza. Elige que la elijan. Y durante un rato desaparece.

A veces pide droga. A veces consume droga.

Cuando se sienta coloca sus piernas para que se vea el tatuaje de su interior, aunque disimula colocándose las medias. Quiere parecer coqueta pero resulta torpe, y una uña rota a medio pinar termina por formar una carrera.

La gente escupe mentiras a su oído. Las niñas sonríen amistosas, los niños sostienen verdades como puños que caen rotas en mil pedazos cuando guiñan un ojo a uno de sus amigos, siempre atentos a las apuestas. Todos ríen.

Nadie escucha, Clarise, ¿por qué hablas? Nadie escucha, nadie escucha, nadie escucha.

Es tarde, pero no lo bastante. Me quedan un par de horas para dormir, si puedo, y aún puedo arrastrarme hasta un taxi.

Mañana, cuando las voces extrañas de los compañeros se junten todas dentro de mi cabeza, resonará el eco de una carcajada. Serán las risas que les causa recordar a Clarise, contar lo fácil que hubiera sido terminar con sus huesos en la cama del hotel… Y alguno callará, o no, lo dulce que fue el despertar entre su carmín corrido, con sabor de ron en la boca y fresa en los labios. Por una noche, Clarise se sintió como una princesa. Querida por todos.


04 abril 2007

Aventuras en el Gran Hospital: I
(Mapplethorpe y la introducción de objetos en el cuerpo)

Debía correr el año 93. Sylvie pasaba la mitad de los días encerrada en la biblioteca del Reina Sofía y yo, de vez en cuando, iba a buscarla. Recuerdo que a la entrada te ponían una pegatina, como cuando entras en un plató de la tele. A mí me gustaba cotillear aquello, que era más su mundo que el mío, y salíamos de allí con carpetas llenas de fotocopias. Estoy seguro de que no siempre estaba manoseando aquel libro, pero recuerdo que, como si fuera un juguete recién encontrado, cuando yo llegaba, mirábamos entre sus páginas. Era un libro de fotos de Robert Mapplethorpe.

Entonces descubrí lo que a aquel tipo le gustaban las penetraciones, porque claro, uno con los años se entera de que sus fotos de flores también son populares pero lo que te llama la atención a tan tierna edad son las fotos de desnudos; especialmente las que recuerdo como trilogía de la penetración: una que ahora me resulta hasta simpática en la que el fotógrafo aparece introduciéndose el mango por el ano, quedando el látigo colgando, como si fuera su cola; la otra foto, un poco menos simpática –y que recuerdo como muy impactante- era “Helmut & Brooks”, un fist-fucking en toda regla; ahora bien, si se me quedó grabada una imagen del todo desagradable, aquella fue la de “Lou”, donde el dedo meñique de una mano se introducía en un pene. Esta última imagen servía para encogerme el escroto, y aunque no la comprendía, no podía dejar de observarla cada vez que daba con el libro en la biblioteca, porque esa foto no aparecía en los packs de postales del VIPs; supongo que tenía que ver con el morbo por lo macabro y desagradable, porque a mí aquello me parecía del todo terrible…, solo imaginar el escozor, el dolor, la dilatación… Hace unos quince años de aquello, cuando un día, sin comerlo ni beberlo, una enfermera me dice:

- Daniel, si no orinas te tenemos que poner una sonda.
- Muy bien –pienso yo-, ¿y eso es un tubito como el del suero, que me pondréis en el brazo?
- No, eso es un tubo que llega a la vejiga.

Aquí me empiezo a poner nervioso.

Comprendo y me acojono, porque aseguro que volver a ver aquella imagen después de quince años provocaba escozor. Me dieron un ultimátum, pero imaginad un cuerpo que casi no se puede mover, recién operado, rodeado de desconocidos y con una botella en la mano donde no sabe ni cómo se mete… Yo me estaba orinando. ¡Me meaba mucho!, es lo que suele ocurrir cuando pasas casi un día a base de suero; pero no podía soltar ni gota. Llegaron los trucos: dos vasos con agua y escuchar el dulce caer mientras tu vecino de cama escupe el pulmón a causa de la tos y en la otra punta un enfermera confunde al paciente de la 1 con un sordo y ofrece gratuitamente conversación a todo el hospital. Los vasos no funcionan. Una enfermera me recomienda poner hielo en la vejiga, así que me traen una lata y la caliento contra mi cuerpo; nada… Me cambian el suero y me avisan de que si a las 8 de la tarde no he podido orinar, me pondrán la sonda, tengo que expulsar la anestesia. Acojone.


Al ver mi cara, la enfermera se apiada de mí y me dice que entre dos personas me pueden sujetar de pie, sin moverme del sitio, para que me reincorpore a una posición un poco más “natural” para mear. En cuanto me pongo en vertical la boca se llena de líquidos, creo que voy a vomitar. No hay palangana cerca, así que me acercan una papelera en la que empiezo a escupir para vaciar la boca. Tiemblo un poco y cuando llega la palangana decido tumbarme. Tiro la toalla, lo que quiero es que pase ese momento.

Llegan tres enfermeras con unos tubos que daban miedo de lo largos que eran y pienso para mí (muy en broma, claro) que eso es imposible que entre por un agujerito tan pequeño… Se colocan los guantes delante de mí, destapan mis piernas dejando la sábana por encima de mi torso para que no vea la operación, y comienzan a discutir cómo sacar los tubos de su envoltorio… Cuando te van a introducir un tubito que parece de un metro de longitud por el orificio por donde sueltas pequeños y suaves chorritos de orín dorado, acojona, pero cuando además ves discutir a las enfermeras sobre cómo quitarle el plastiquito, aquello da terror. Con el flácido tubo en la mano, aplican no sé qué líquido (imagino que lubricante) y en un momento estás “entubado”. Realmente no es tan doloroso, es más bien impactante (mentira, duele bastante); supongo que mucho más impactante si miras, algo que no hice durante el día que estuve con aquello…, porque cuando pregunté si me lo quitarían si llenaba una bolsita, a modo de premio, una sonrisa cubrió sus caras.

- Quizá esta noche. O mañana.

Pero ¿cómo que mañana? ¡Si yo ya estaba meando! ¡Me querían dejar con eso toda la noche? Y vaya si me quedé con ello. Cuando tomé una postura medianamente apropiada, creo que no me moví hasta el día siguiente. Por la noche no pude pegar ojo, y cuando intentaba moverme, la gomita de la sonda, me tiraba del pelo de la pierna o me molestaba demasiado. Aquella agonía tenía que terminar tarde o temprano, y terminó tarde porque por allá pasaban las doctoras de los demás enfermos y a mí no me visitaba nadie. Creo que mi doctora se olvidó de mí, así que tras la queja maternal de una siempre cuidadosa madre, apareció allí y dio permiso para liberarme. Entonces, una enfermera se colocó a mi vera y comenzó a dirigir mi respiración.

- Ahora suelta el aire de golpe.

Y zas…, fuera… Al rato recuerdo que me atreví de nuevo a levantar la sábana para mirar debajo. Restos de pus reseco cubrían parte de mi pierna y unas gotas de sangre emergían de mi pene. Ahora tendría que ser bueno y hacer pipí solo o volverían con más tubos. Tenía que intentarlo, y lo logré, pero aquello escocía como en la peor de las cistitis. Casi ha pasado una semana y las molestias parecían haber remitido pero hoy vuelve a escocerme y hoy vuelvo a recordar aquella biblioteca. Mapplethorpe, ¿qué me has hecho?

03 octubre 2006

Enamorarse de una cantante
(por lo menos tres veces en la vida)

Esta tarde me sobrecogió una extraña y entrañable sensación de tristeza. Escuchaba Françoiz Breut…

Héctor se enamoró de ella cuando la vio en el escenario hace unos años; la recuerdo francesita y menuda.

- No tienes nada que hacer, es la chica de Dominique A. Parece un tipo importante y grande - le desanimé yo.

Años más tarde, mi amigo aún la recordaba sentada en un portal de la calle. Los dos la miramos y yo tiré de la camisa de Héctor dando un paso hacia ella; él giró la mirada raudo, disimulando y acelerando su paso sigilosamente, como para no ser visto.

Alguien (llamémosla X) hablaba sobre lo mucho que sumaba a un tipo estar sobre un escenario, y más con un instrumento encima… Lejos de pensar que siempre lo llevan puesto, me aventuré a preguntar a qué instrumento se refería. Parece ser que X manejaba una compleja y extraña teoría alrededor de cada instrumentista e incluso sobre su posición en el escenario: estaba el ligón, el perdedor, el segundón…, pero siempre había uno con más encanto. No comulgo con dicha teoría, pero claro, no he vivido rodeado de grupos musicales de féminas que apoyen o desmitifiquen tan curiosos argumentos.

Hace algunos años también, me fui solo a ver un concierto de Múm. La vocecita de Kristín me llegó al alma y aunque entre instrumentos de juguete y compañeros, aquello se suponía una banda, a mí me parecía una solista pequeña y vergonzosa.

No es nada original lo que voy a decir, pero es algo así como meterse en la famosa novela de Nick Hornby y escuchar una canción que nunca te ha gustado, saliendo de ese ser del que te acabas de enamorar, pero mucho mejor, porque a mí sí me gustaba su música. Supongo que la mayoría de vosotros no creéis en ese amor, pero me importa un bledo… Como decía, estás metido en la novela de Hornby (o mejor, en la peli, porque si todas las tías –por alguna extraña razón que no acabo de comprender- se identifican con el coñazo de Bridget Jones, todos los tíos tenemos derecho a identificarnos con Alta Fidelidad –al menos los que creemos que la música vale la pena de verdad) y un amigo te suelta al oído “Quiero salir con una músico.”

- Yo quiero vivir con una músico –responde otro-. Compondría conmigo, le daría consejos y a lo mejor incluiría nuestras bromitas íntimas en la contraportada.

- O una foto mía en el interior -se supone que ha de contraatacar el primero.

- Aunque sea en segundo plano… -se conforma un tercero.

En realidad yo podría ser cualquiera de los tres babosos… Pero como eso sólo pasa en los libros y en las pelis, yo estaba allí solo y no me apetecía charlar con cualquier desconocido. Casi mejor, soy demasiado vergonzoso para mostrarme sin máscara todo el rato mientras me chorrea la emoción.

Cuando acabó el concierto, me acerqué al escenario, olía a Lou Lou y tabaco, así que mi olfato se centró en el dichoso perfume que me sabía de memoria y miré a mi alrededor buscando la procedencia. Me encontré con que los gorilas de la puerta estaban invitando a la gente a despejar la sala. Sobre uno de los altavoces del escenario reposaba una hoja que Kristín sostuvo durante gran parte del concierto. Un tipo larguirucho que se parecía sospechosamente a Shaggy echó la zarpa (aquellos no eran brazos, de veras que no) a la velocidad estúpida sobre la hoja y levantándola en el aire, victorioso, se giró hacia su grupito de amigas, gritando histérico, mientras mostraba su trofeo. Al volver la mirada al escenario, me topé con un par de pequeños pies, levanté la vista y di con un cuerpo que se agachaba palpando el suelo con las yemas de los dedos. Shaggy se volvió hacia ella y soltó algo ininteligible mientras dejaba la hoja en su sitio, y no se habría sentido más orgulloso llevándose la hoja de allí en lugar de “intercambiando” un objeto con ella. Si entonces se hubiera estilado llevar la cámara digital a todas partes, seguro que no se habría librado de los dichosos flashazos.

Una gran mano agarró mi hombro. Me sobresalté. Era un gorila que me pedía, un poco menos educadamente que antes, que saliera de la sala. De hecho fue entonces cuando reparé en que el recinto ya estaba casi vacío. Perezosamente iba a dirigir una última mirada a Kristín, cuando me percaté de que ya se había molestado en observarnos.

- It’s OK.

Y con una sonrisa, terminó por recoger su hoja, girar sobre sí y caminar dando saltitos hacia el backstage. Ya en la sombra de los camerinos volvió a girarse hacia mí y como si se llenara de vergüenza al descubrirme aún en el mismo sitio clavando la mirada sobre su retina, volvió a sonreír y tapó su cara. La mano del gorila, esta vez en forma de duodécima campanada, llamó mi atención mientras mi oído escuchó cómo me llamaba. ¡Escuché su voz! Pero cuando volví a mirar la puerta del camerino, ya no estaba. Tan despacito como me dejaron caminé hacia la salida, girándome cada dos pasos…

Normalmente, por las noches me gusta pasear por la ciudad, pero en aquel momento, no recuerdo exactamente por qué, me quería alejar de allí lo más rápidamente posible; supongo que era como si me hubieran arrebatado un sueño y quisiera olvidarlo lo antes posible. Subí a un taxi y solo unos metros más adelante se detuvo en el semáforo. A nuestro lado había un gran autobús negro, miré hacia arriba con la curiosidad de un gato y la vi en la ventana. Dibujaba un corazón con el vaho en el cristal. En el centro, su sonrisa. El taxi arrancó y me giré en el asiento, sintiéndome niño. Puse una mano en el cristal y quise pedir al taxista que parara… pero no lo hice.

Llegué a casa y escuché “Green Grass of Tunnel”. Cerré los ojos y me di cuenta de que estaba escrita para mí y cuando la retengo en la memoria auditiva suena casi tan bonita como en directo, pero aquello solo lo recuerdo yo. Quién sabe si ella también…

09 agosto 2006

El último beso

Cuando acababa el año 2005 me tocó recapacitar sobre mi vida. Le di vueltas a todo lo que me rodeaba y pensé algo que ya escribí por ahí…

“Siempre hay un último beso… SIEMPRE. Para cada uno de nuestros seres queridos y con ellos. Siempre habrá un último beso que demos en una mejilla, en la frente o en los labios. Siempre. Me pregunto cuántas veces hemos entregado un beso sin sospechar que después no habría más. Cuántas veces hemos deseado que ése no fuera el último de todos, pero da igual. Si quieres más, TE JODES… A veces no hay más que hacer.

”Un día, cuando estéis acurrucados entre el pecho de vuestra pareja y ésta deje un pequeño y caluroso beso en vuestra carita, pensad que puede ser el último de todos. Igual que ocurre con los “te quiero”, “hasta luego”, abrazos, sonrisas, miradas, llamadas…

”Tenemos fecha de caducidad y eso me ha puesto jodidamente triste.

”(…) me regodearé en recuerdos, en anillos de compromisos devueltos, en abracitos y caricias, en esos “te quiero” sinceros pero con fecha de caducidad, en todos esos momentos que ya no volverán porque fueron los últimos… Ha sido un año extraño, y quiero hundirme un poquito en la normalidad que nunca he comprendido. Tampoco es verdad pero en fin…"

Hace días volví a pensar en los últimos besos y recordé ese texto… Supongo que hay besos que siempre permanecen, que son eternos, en la memoria, en la carne y en el alma. Y esos son los importantes, tanto o más que aquellos que deseamos pero que nunca llegaron; porque esos besos ansiados también pueden ser eternos, y un día, de ancianitos los recordaremos con un amargo gesto por haberlos dejado pasar de largo, por no haberlos sabido dar en el momento preciso, no haber querido o no haber podido. Es triste dar más importancia al deseo y anhelo que a la realidad vivida, pero ¿de qué nos sirve la fijación en la realidad cuando no hacemos más que evadirnos de ella?

“Aquí estoy. Decides que la eterna adolescencia termina y que es hora de crecer, y crecerás. Entonces todo cambia. Y esta vez cambiará. Tendrás una casa, más grande, con piscina, un garaje para el coche y un jardín muy cuidado. Un porche florido y puertas esmaltadas, un perro al que llamarás Marx y un barco al que llamarás Giulia. Tendrás la salud asegurada, la vida asegurada, una nevera siempre llena para no sentirte pobre. Una alfombra étnica para seguir sintiéndote joven, y ventanas por las que siempre entra el sol. Y entonces tendrás tu familia feliz, unos hijos sanos, y a ella. A ella, que te recordará todas las cosas bonitas que habrás tenido. ¿No es eso lo que siempre has soñado? (…) ¿La felicidad es esto? Yo creo que sí.” *


Afortunadamente, yo creo que no…



* texto de “El Último Beso”.

01 agosto 2006

¡Rasca, mamá!

Llevo días encerrado en mi casa. He dejado de ir al trabajo. Hasta que no pasaron tres jornadas completas no recibí una llamada que, por supuesto, no cogí. La luz del contestador parpadea sin cesar y cuando oscurece en mi rincón de la habitación, no puedo parar de mirar su rojo. Es curioso…, cuando llevas mirando un rato la luz, cierras los ojos y sigues viéndola, como si te hubieran arrancado los párpados. Pero hoy ha sonado tantas veces, que parecía que la luz iba a saltar del aparato, qué tontería… Lancé el teléfono contra la pared y un pequeño piloto me golpeó en la cara. Sin embargo, ya no me hace recordar que puedo arrancar mis párpados, y eso me tranquiliza.

Creo que fue hace una semana cuando tuve una visita inesperada. Mi ex novia pasaba cerca de casa, descolgó el móvil mientras se movía en su coche y se invitó a verme.

-Como quieras –dije con desgana. De todas maneras, iba a hacer lo que quisiera.

Siempre me ha repateado la gente que no cuenta contigo cuando te incluye en sus planes. Esos que descuelgan el teléfono y te preguntan dónde andas y, a continuación, espetan -sin esperar respuesta- que se presentarán allí mismo en un momento.

Saqué una bolsa que guardaba en el armario desde hacía meses. Al abrirla me sacudió una profunda angustia, un olor a suavizante que se mezclaba con humedad. Sin embargo, no pude dejar de meter la mano dentro para ver de qué se trataba. Una toalla, un cepillo de dientes y un par de discos compactos.

Subió a casa con su viejo par de llaves, sin dignarse siquiera a llamar al timbre y me descubrió tocando sus cosas. Sólo me miró, se acercó rauda –siempre atareada, siempre con prisas- y dejó caer sus labios en mi mejilla. No follamos. Aquella fase en la que la pareja se acaba de romper y se mata a polvos ya pasó hacía tiempo. Creo que ni tan siquiera sentíamos ya ninguna atracción el uno por el otro. Se sentó al borde de la cama y criticó el desorden general. Pensé que lo mejor sería dejar que se explayase, no entrar en confrontaciones, que expusiera todas sus ideas y se largase por donde había venido, con su bolsa. No habían pasado ni cinco minutos y ya me estaba contando con detalle las dos relaciones que mantenía al unísono. Creo que yo sonreía mientras empezaba a salivar. Tuve que ir al baño en mitad de uno de sus apasionantes relatos. Me parece que le dio igual, no paraba de rajar mientras yo dejaba soltar mi angustia sobre el váter. Enjuagué mi boca y mojé mi cara. Cuando levanté la vista me di cuenta de que llevaba un rato callada; permanecía detrás de mí, manteniendo su seria mirada clavada en mis ojos acuosos.

-¿Te encuentras bien?
-No te preocupes, creo que la comida me sent…
-Bien, entonces me marcho. Me alegro mucho de haberte visto.

Se giró dándome la espalda y creo que por primera vez tuve ganas de golpear su cabeza contra el suelo. En lugar de eso, recogí la bolsa.

-Sí, claro. yo también me alegro.
-Vale, de todas formas, te dejo las llaves, ya no las voy a necesitar más. ¿Ésa es mi bolsa?
-Sí, échale un vistazo, tiene una toalla y un par de cosas más…

Sacó la toalla.

-Por Dios, esta toalla huele que apesta. ¡Y no es mía!
-¿Cómo que no es tuya?
-No es mía. No sé a qué clase de gente traes a casa, que van dejando sus toallas por aquí, pero te aseguro que NO-ES-MÍA –deletreó alto y claro.
-De acuerdo, ya se me ocurrirá qué hacer con ella, ten la bolsa.
-Tírala a la puta basura, huele a moho.

Me dio un beso rozándome los labios y prometió que me llamaría pronto para tomar algo. Me quedé de pie sosteniendo la dichosa toalla. Sólo era una toalla, qué más daba… La eché al cesto de la ropa sucia, pero estaba tan lleno, que asomaba entre camisas, calcetines y calzoncillos.

Aquella noche no podía pegar ojo intentando recordar quién había pasado por casa… Yo no soy una persona sociable. Desde que no mantengo una relación estable, sólo ha venido una mujer a casa, una prostituta a la que no me pude follar porque estaba tan borracho que no lograba mantener una erección durante más de diez segundos seguidos. Follar así es muy difícil. Aquella puta no trajo ninguna toalla. ¿Entonces? Me levanté de la cama, encendí un cigarro y abrí la ventana para que se aireara el ambiente cargado. Un gato en celo llenaba el callejón de al lado con sus quejidos. Alguien lanzó algo contra los cubos de basura, creo que desde una ventana, y un par de gatos salieron de entre las bolsas, maullando como posesos sin saber dónde esconderse. Lancé la colilla por la ventana y me senté en el sillón. La puerta del baño estaba abierta y desde mi sitio podía oler la ropa sucia del cesto, pero sobre todo esa mezcla entre suavizante y humedad, moho… Me mojé la cara y recogí la toalla del cesto, secándome con ella. Lijó mi cara. Aquella toalla estaba limpia, pero apestaba. Raspaba mi cara pero olía a suavizante. Quise lanzarla por la ventana pero caí sobre la cama abrazado a ella, sacudiendo mi polla contra su dura tela. Las sacudidas fueron tan violentas que llené mi mano de sangre; era demasiado tarde para parar, cuando mi mano se detuvo en el glande, recibí una última convulsión que lanzó fuera de mí una tremenda eyaculación. Cerré mis ojos y no sé por qué, se me llenaron de lágrimas.

Cuando desperté era mediodía, las lágrimas de mi cara se habían transformado en legañas, y la toalla estaba pegada en mi flácido pene; la sangre y el semen se mezclaban con su color rosa. Despegué la tela despacio, pero aquello dolía. Arrojé la toalla al suelo, me escupí en las heridas de la polla y pensé en lavarme pero entonces sonó el teléfono. Una joven encuestadora habló durante más de un minuto sin preguntarme una sola cosa. Quise ser descortés pero no pude. Respondí quince putas preguntas acerca de ergonomía y cuando me preguntó la edad, me explicó que si no pertenecía al perfil que buscaban… Y no sé qué mas, colgué el teléfono. Fue la última llamada que cogí.

Me senté en el suelo y pisé la toalla con los pies. Raspé mi piel y pegué una patada contra el suelo.

Al tercer día sin comer ni dormir más de quince minutos seguidos, empecé a sentirme inmerso en un sueño constante. Si me movía de una esquina de la habitación a la otra, lo hacía con la toalla enroscada en mi cuerpo desnudo. Me excitaba notar su tejido contra mi piel y yo lo apretaba más y más hasta que la sangre dejaba de circular. Cuando se me dormía algún miembro, lo pinchaba con una aguja, la sangre brotaba y yo no sentía nada, me parecía divertido. Después soltaba el torniquete y entonces sentía escozor. Corrí por un cuchillo, até mis testículos y sentí un dolor punzante en el estómago. Perdí el sentido.

Cuando desperté, mis vómitos habían llenado la toalla. Una deliciosa sensación de suciedad embriagaba mi ser. Ya no ataba mis miembros con la toalla, no era necesario, cortaba con el cuchillo, rajaba, jugaba con la punta…, pero ya no tenía que dormir mis miembros, porque los sentía completamente ausentes a mi cabeza. Mi pene no reaccionaba a mi excitación constante, mis reflejos no movían la pierna si clavaba en ella la punta del cuchillo o apagaba el cigarro contra mi pie…

Empecé a sentir absoluta felicidad por primera vez en mucho tiempo. Tenía todo lo que necesitaba entre mis cuatro paredes, no necesitaba de nadie, sólo de mi ausencia absoluta, mi nariz costrosa que estaba dejando de sentir la diferencia entre la podredumbre de mis basuras, mis propios excrementos o la toalla en la que se mezclaban mis flujos.

Había comprendido que aquella toalla no tenía dueño porque era YO el que le pertenecía.

28 julio 2006

des...esperanza

Des

Desesperanza
Hastío
Gente agitando la cabeza
Ruido de choque
Y un coche de choque que se salta la diagonal

Oda a un amigo
No escuchas los gritos
Desesperanza

A veces me pregunto si cada vez que encendemos la chispa de la desesperanza, en realidad no estamos apagando una lucecita a la esperanza. Si en puntos tan extremos viven, que no se ven o si se tocan para hacer las paces cuando a uno le da por mirar a otro lado.

Si es amiga y nos busca o somos nosotros los que la buscamos a ella, pues siempre viene. Llega. Y se queda.

Qué puta eres, desesperanza, pero qué corazón tan grande, que siempre escucha. Que quepo dentro.

27 marzo 2006

El Sueño de la Razón produce MONSTRUOS
Vuelven los olores a leña, hiedra, tierra mojada, vida silvestre, aguas limpias, largas tardes, cielos naranjas y recuerdos de besos que queman la memoria y el corazón… Pero todos esos recuerdos cada vez llegan menos hondo, casi susurrando en lugar de llamando a la memoria, casi como hojas caducas que no volverán a crecer.

Ahora es sólo el sueño el que expía cada pensamiento, es sólo el sueño el que limita el despertar.

Si nos conforman los sueños, ¿cómo no dejarse atrapar por los momentos de pesadilla, dicha, llanto, sonrisa, caída y levantamiento que acechan tras el párpado postrado? Porque no serán minutos, ni horas…, lo sabes; ya son días lo que cazan tu memoria, sin importar ya nada más que el instante que teje el subconsciente, derramando la esencia de la vida y muerte, en un solo punto.

Si estamos hechos de sueños, dejad que los sueños nos hagan. Si queremos soñar, dejadnos, mas despertad el mal que anida dentro para que huya lejos, porque comerá vuestra voluntad hasta cercenaros y el despertar será marchito, si llega…
*Grabado de Goya. "El sueño de la razón produce monstruos".

31 enero 2006

No pertenecía al grupo de hombres que siempre me habían atraído y a los que yo solía atraer.

Constantemente deprimidos.
Emocionalmente heridos.
Ligeramente reservados.
Desesperados por amor.
Desesperados porque alguien los salvara.

No; Ray no era de esos, y no tenía las habituales conductas neuróticas y psicóticas que solían encender mi imaginación, mi curiosidad, mis fantasías de rescate; que me impulsaban a rasgar el velo de la psique del hombre amado para descubrir al monstruo solitario que se ocultaba debajo.

*de “Fauna Conyugal” (Laura Zigman).

22 enero 2006


¿De veras ansiamos tanto el cambio? ¿Es imposible dejar de buscar lo que no tenemos, con lo que no contamos? Una de las eternas preguntas…

En “Alta Fidelidad” (novela de Nick Hornby, llevada al cine en una maravillosa adaptación dirigida por Stephen Frears y protagonizada por John Cusack), Rob –el prota, enamoradizo, escurridizo e indeciso-, se pregunta –sin respuesta aparente- el porqué de su insistencia en volver junto a Laura (la chica que le he dejado, rompiéndole el corazón)… A Rob le basta con interrogar a su ex chica y enterarse de que aún no se ha acostado con “el otro”, para salir a celebrarlo en la cama de “la otra”… Por supuesto, basta esa noche de pasión para volver a recuperar el tormento del abandono de Laura…

Es lo mismo que decía el texto del “Kamasutra” que recordaba ayer… Es el prólogo (La teoría de la Vaca Nueva) de “Fauna Conyugal”, una novela de Laura (¿es que no hay mujeres que se llamen de otra manera?) Zigman (también llevada al cine –ésta creo que con menos suerte- por Tony Goldwyn, protagonizada por Ashley Judd, con el título de “Siempre a tu lado”). “Fauna Conyugal” es algo así como la versión femenina de “Alta Fidelidad”; una suerte de factores que hacen reflexionar al hombre/mujer acerca de las relaciones en pareja y de cómo la culpa siempre la tiene el otro sexo. Siempre.

21 enero 2006

Por naturaleza, el hombre ama el cambio. Le atrae la belleza, la novedad. El Yoga Vasishatha lo explica desde un punto de vista filosófico: “Cuando se obtiene el objeto deseado, éste deja de ser deseable. El deseo de obtener algo desaparece en el momento en que se obtiene ese algo”.

*Kamasutra

09 enero 2006

Estropeado
Roto
Maldito
Echo de menos sentirme tranquilo; echo de meno sentarme tranquilo, sin eso en la cabeza que me ronda el corazón.
Echo de meno sentirme a gustito, en un regazo; echo de menos sentarme tranquilo al lado de tu calor.

Y echo de menos alejarme de sentimientos que vienen y van.

Estoy anclado.

s
S
Esto no tiene ningún sentido.
S
s

Y sin sentido me siento. NO caricias gustosas. NO mimos reconfortantes. NO miradas reparadoras.

NO

Llueve... Y como cuando no puedes parar una tormenta, miras la lluvia retando el final del trueno, pero no importa, porque el trueno no te mira.

Pues lo mismo.

Queesunamierda.
La lluvia era perfecta para acurrucarnos con una manta recordando cuando éramos felices.

04 enero 2006

Se me cae del pecho. No puedo sujertarlo. Se me arranca de un sitio que algún día soñé alma. Mas hoy no puedo.

Se me cae
.
.
.
El llanto.